Raúl Díaz - 13-12-2005 15:24:46 | Categoria:
General
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Nuevos Episodios
Raúl Díaz - 24-08-2005 23:12:16 | Categoria:
General
Siento un esplendor.
La fiebre no ha cedido y no hay suficientes árboles.
El dolor en mis huesos viene de la inmersión en la corriente.
Y libro una lucha para tomar aire.
Quiero descansar.
Hay fuego en mis manos y en uno de mis pies.
Mi respiración tiene un misterioso eco.
Y siento rayos que queman mis entrañas.
El viento que amo me está hiriendo.
El saber que perseguí, me golpeó en la nuca.
Y la entrega visitó mi vientre, para macerarlo.
Creí en la velocidad y la sentí extranjera.
Amé la trasgresión pero le fui infiel.
Perseguí el brillo, y lo encontré simple.
Y una palabra dura me mordió las mejillas.
Pero la carne me dice que no pare.
Mis manos se aferran a causas perdidas.
Mis ojos se entregan a letras hermanas.
El sol y sus tardes me inyectan vida.
Y recito un ¿por qué? con el aire que me queda.
Y luego amo.
Raúl Díaz - 23-08-2005 23:19:10 | Categoria:
General
Lo que veo en la ventana, entrada la noche.
Hay un tipo jóven. Parece muy seguro de sí mismo. Luce corbata y un vestido oscuro. Es el reflejo en el vidrio. Sus dientes blancos sobresalen en us conjunto. Se ve que no es muy alto. Su pelo corto muestra una obsesión por la pulcritud. Sin embargo se ve un poco agachado. Como cansado. Temeroso. Me rehuye la mirada al tiempo que yo lo hago.
En su escritorio un vaso de agua, muy grande para el volúmen de agua que contiene. Más hacia el fondo, unas pastillas de vitamina C, y un suplemento vitamínico más bien sospechoso. Un par de celulares acompañan a un teléfono blanco con algunas teclas azules y grises.
Hay más de un papel en su escritorio. No deben haber poemas, pues parece de los tipos que se desahoga frente a su computadora. Parecen impresiones de hojas de cálculo.
Cuando miro a la parte superior del reflejo veo varias lámparas de neón largas y blncas adornando un techo de madera (que tal vez son las culpables del reflejo). Tras el sujeto, se ven más personas, unos de gafas, otros con gorra, todos frente a sus computadoras y con extraños aparatos sobre sus mesas. Parece que los desarman.
Atrás se ve una pared blanca de una casa que parece ser nueva.
Y observo el reflejo superpuesto sobre las luces de la calle. Sobre los reflejos de unos cuantos automóviles sobre los charcos de agua lluvia. Sobre la imágen de personas que trasegan en la noche. Y el refeljo se me antoja metafísico. Como una presencia suprema sobre los entes de la calle.
Lo último que veo del tipo del reflejo, son unos audifonos conectados a su computadora y encajados en sus orejas. Hasta parece feliz, pienso, al tiempo que le hago un gesto de simpatía, al que el curiosamente corresponde de manera idéntica.
Raúl Díaz - 23-08-2005 02:34:39 | Categoria:
General
Un paseo dominical
Acompaño a mi tía a dar una vuelta por los barrios Eduardo Santos y Santa Isabel, que conforman el sector donde vivimos. Ella quiere aprovechar el día soleado que Bogotá nos está regalando, luego de un par de semanas heladas, grises y más bien húmedas. Yo por mi parte, quiero descansar un rato de mi intenso estudio de orotografía, que durante tres horas me ha sumido en un mar de interesantes reglas que debo dominar para el exámen que está próximo a llegar. El sueño de ser periodista bien vale mejorar la redacción, la orotografía y demás herramientas idiomáticas.
El sol nos está esperando. Es un espectáculo poco usual para mi. Normalmente estoy en el trabajo, en la univerisidad, y los fines de semana suelo ir a cine, o a visitar familia. Casi siempre "bajo techo".
Lo más encantador de caminar con mi tía es escuchar las decenas de nombres de plantas que domina. La calle tercera, es un sitio muy adecuado para conocer el reino vegetal.
-Ese es un urapán, el árbol que más abunda en Bogotá- dice mi tía. Yo estoy algo despistado pero capto el dato. Debo haber visto unos mil de esos árboles, pero me limito a llamarlos "árboles".
-Esa es una camelia. Y ese de allá es un cerezo. Tal vez no le favorece la época del año, por eso está tan seco.
-Esa es una araucaria- me dice mientras señala el árbol al que yo me había atrevido a denominar pino.
Me muestra un jardín lleno de margaritas y de "bella de las once", una flor especial que se caracteriza por llegar a su máximo punto de belleza a las once de la mañana.
Mientras tanto, por la vía, hay una gran variedad de personas. Desde los típicos paseadores del domingo que salen con sus hijos y sus amigos, hasta los mismos fantasmas que siempre están ahí: los mendigos, los drogadictos y los locos, que van caminando sin descanso por las calles. Sin rumbo alguno.
Mi tía se pregunta por la familia, por los hijos, por los padres, de estos indigentes, para los cuales no hay sábado ni domingo. Sólo la calle y una bolsa de boxer.
Y al rededor están las tiendas de cachibaches, los asaderos de pollos, los supermercados, los talleres, los bares con música a todo volumen. Y entre todos hacen un concierto visual y sonoro que satura los sentidos de cualquiera.
Mientras tanto, la tarde empieza a morir y el atardecer del domingo hace que mi tía acelere el paso en busca de casa.
Esta tarde no ha sido ni de ires y venires, ni de buses y taxis, ni de noche y música, ni de cenas y amigos. Ni de despedidas o cumpleaños. Ha sido una tarde para caminar a la velocidad de mi tía, compartiendo sus inquietudes, sus temores. Y claro, las sabias respuestas que los años depositan en la mente de quien esté dispuesto a aceptarlo.
Ya habrá tiempo para otras cosas. Debo repasar las reglas ortográficas y revisar la prensa. Corresponde a un buen periodista. Pero escribo para que la calle tercera no se me escape de la mente. Con sus flores, sus árboles y su gente.
Raúl Díaz - 18-08-2005 23:01:55 | Categoria:
General
La pasión por la vida, la belleza y las flores.
5 y 30 AM. Despierto un poco atontado. Todavía no me acostumbro del todo. Salgo a la sala, tratando de despertarme del todo. Mi tía ya esta levantada, y está ocupándose de sus plantas. (Cuando uno está más viejo no le da tanto sueño, dice entre risas).
Es común que mi tía a estas horas traslade su almácigo de violetas de los alpes, del patio trasero a la ventana que está al lado del balcón. Aprovecha la reja de seguridad de esa ventana, para atrancar los pequeños recipientes de plástico que contienen a cada matita.
-Las violetas de los alpes son muy delicadas. No pueden estar expuestas a mucha luz, pero si no les llega un poco de sol, pueden enfermar- dice mi tía.
Yo escucho con cuidado mientras trato adaptarme al frío de la mañana bogotana. Es que separarme de las cobijas, me resulta duro.
-El exceso de humedad también las mata. Es mejor echarles sólo un poquito. (Ella les aplica agua hace con un gotero).
No puedo evitar recordar la violeta que maté hace un año, cuando mi tía se fue unos días a Chía (pueblo cercano) y me dejó a cargo del apartamento (soy muy descuidado con esas cosas). Le apliqué demasiada agua (por si luego se me olvidaba volverle a echar). Asesiné a una violeta de los alpes, y tendré que vivir con ello (¡No es tan duro, ja, ja!)
-¿Si vió las flores que puse en la mesa de centro? (Me río, indicando que no). Es que no se fija en nada (se ríe, mientras me llama la atención hacia el espléndido ramo de astromelias que adorna la sala).
La verdad es que me levanto con tanto sueño que practicamente no miro a mi alrededor. Afortunadamente mi tía evita que me pierda estos hermosos detalles.
-Cuando salga, mire los claveles rojos. Hace tiempo no veía unos tan grandes. Hay tres y ya uno se está muriendo, pero los otros están hermosos. Y abajo, mire los girasoles. El grande se lo robaron. (Muestra su molestia)
-Le va a tocar sembrar dos matas. Una para los novios que le llevan flores a las muchachas y otra para lucirla en el jardín. Esa es la solución- Le digo. Ella sonríe con tierna indignación-. La otra opción, es poner una cerca eléctrica- Digo absurdamente, para acabar de despertarme.
A las risas y a la breve charla las interrumpe una nueva alarma de mi despertador. Me debo meter a bañar o llegaré tarde.
En unos treinta minutos estoy listo para salir a clase. Cuando estoy cerrando la reja que separa el antejardín de la calle, mi tía se asoma por la ventana, y me dice que mire los claveles. Y también las "cecilitas" (Rosas pequeñas). Yo levanto la mirada, y sonrío ante la perfección del balcón más florecido de la cuadra.
Al girar en la esquina, me encuentro con el mundo.